Por Melchisedech D. Angulo
Cuando Benedicto XVI anunció su renuncia en febrero de 2013, el mundo debatió su salud, sus motivos y sus enemigos internos. El filósofo italiano Giorgio Agamben vio otra cosa: un gesto teológico-político capaz de sacudir las categorías con las que Occidente piensa el poder. Desde entonces, su lectura reaparece cada vez que se debate qué sostiene realmente a una institución. La respuesta que propone resulta incómoda para quienes creen que bastan los procedimientos.
Para Agamben, la renuncia no fue una jubilación administrativa ni un acto de cobardía, sino una muestra, en sus palabras, de un coraje difícil de encontrar hoy. Al abdicar, Joseph Alois Ratzinger, dejó la potestas, el poder coactivo e institucional, y apeló a la auctoritas, la autoridad que no necesita imponerse. Hubo un único antecedente medieval comparable en notoriedad, el de Celestino V en 1294, más de setecientos años atrás. Esa distancia histórica es la medida de lo excepcional del gesto.
De ahí surge el eje del ensayo: legalidad y legitimidad no son lo mismo y no deben confundirse. Una institución puede cumplir todas las formas y, aun así, perder su fundamento sustancial. Según Agamben, las democracias modernas reducen la legitimidad a mera legalidad procedimental, como si el poder se justificara solo en el momento del voto. El autor advierte que, si la legitimidad desaparece, lo que queda es pura gestión. Pero si ignora a la legalidad, el resultado puede ser la arbitrariedad.
Agamben recupera además al teólogo africano Ticonio, del siglo IV, y su idea del «cuerpo bipartito»: la Iglesia contiene a la vez una parte luminosa y una oscura, y ambas forman un solo cuerpo hasta el final de los tiempos. Aplicada a la política, la imagen sugiere que ninguna institución es homogénea ni pura, y que la tensión interna no es un accidente corregible sino parte de su ser histórico. Pretender instituciones sin conflicto, advierte, es una ilusión.

El tercer concepto es el katechon, la fuerza que, según San Pablo, «retiene» el fin de los tiempos. Para Agamben, el Estado moderno funciona como un katechon secularizado: se legitima no por lo que hace, sino por lo que impide, ya sea el caos, la crisis económica o la amenaza terrorista. Ese poder queda a salvo de toda evaluación, porque su función es aplazar el juicio. El resultado es un presente en suspenso, un estado de excepción (Schmitt) permanente donde nada se decide y todo se administra.
Agamben no ofrece una receta, y eso forma parte de su honestidad intelectual. Lo que deja es un diagnóstico y una pregunta para cualquier poder, y también para quienes lo critican: ¿en qué se funda la autoridad cuando los procedimientos están cumplidos? Su respuesta es que el mal no es un enigma insoluble sino un drama que se desarrolla en el tiempo, y en el que todos somos actores. Quizás ahí esté el verdadero mensaje de la renuncia de Benedicto XVI: las instituciones valen por lo que encarnan, no solo por lo que formalizan.
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