La cara oscura de la pasión: Cuando la fiebre mundialista pierde el sentido

Por ANGY GARCÍA

México vive, una vez más, bajo el embrujo del Mundial. Sin embargo, hay algo distinto en el ambiente: la ilusión que rodea a la selección mexicana parece haber alcanzado niveles inauditos. Tras las victorias frente a Corea y Ecuador, la expectativa ante el duelo contra Inglaterra ha desbordado cualquier medida de cordura. Pero, detrás de los cánticos y las banderas, se esconde una realidad sombría que rara vez nos detenemos a analizar: el lado oscuro de la fiebre mundialista.

Hasta el momento, el saldo en el Ángel de la Independencia es de cuatro personas fallecidas por asfixia durante las celebraciones. Mientras miles celebran, otros enfrentan consecuencias fatales.

Resulta impresionante —y a la vez alarmante— cómo la energía colectiva de un evento deportivo puede nublar el juicio humano. No es cuestionable sentir pasión por el fútbol; lo verdaderamente preocupante es cuando esta se transforma en una desconexión total con el valor de la propia vida.

En redes sociales circulan videos de jóvenes arrojándose desde alturas superiores a los seis metros, alentados por una masa que, al unísono, grita: “¡Que salte, que salte!”. Es una conducta irracional, casi salvaje, que nos obliga a lanzar una pregunta incómoda: si la Selección Nacional llegara a ganar la Copa del Mundo, ¿estaríamos psicológicamente preparados para gestionar esa emoción sin autodestruirnos?

La energía de una multitud es una fuerza ambivalente: puede ser un motor de alegría o una maquinaria devastadora. México suele unirse bajo el estandarte del festejo, pero carecemos de esa misma cohesión cuando se trata de la empatía hacia quienes realmente necesitan ayuda.

El contraste social es otra arista que no podemos ignorar. Mientras el fanatismo ciega a unos, el costo de vivir la experiencia desde el estadio revela una brecha económica insalvable.

FOTOS ILUSTRATIVAS COMPARTIDAS EN REDES SOCIALES.

A esto hay que sumar la enorme desigualdad. Los boletos para los partidos cuestan entre 100,000 y 300,000 pesos mexicanos. Para muchos mexicanos, esto equivale al salario de dos o tres años de trabajo.

Es evidente que los lugares en el estadio no son para la gente común, sino solo para unos cuantos empresarios o extranjeros con mucho dinero. Es una realidad tajante: los mejores lugares en los estadios no son para el aficionado promedio, sino para una élite empresarial o para visitantes extranjeros.

El fútbol debería ser un motivo de unión y orgullo, no una excusa para la negligencia o una vitrina de la desigualdad extrema. Es momento de cuestionar qué clase de aficionados somos y qué tipo de sociedad estamos construyendo, cuando permitimos que la pasión, en lugar de celebrarse, se convierta en una amenaza para nuestra integridad.

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