¿Somos todos personajes de una ficción que no controlamos? La pregunta que Unamuno lanzó hace más de un siglo y que nadie ha sabido responder

¿Somos todos personajes de una ficción

Por Melchisedech D. Angulo

Publicada en 1914, Niebla de Miguel de Unamuno no es una simple novela: es una bomba filosófica disfrazada de historia de amor que el propio autor se negó a llamar “novela”, prefiriendo el término “nivola” para escapar de las convenciones literarias de su tiempo. La obra sigue a Augusto Pérez, un joven sin rumbo cuya vida cambia al enamorarse de Eugenia, pero detrás de esa trama aparentemente sencilla se esconde una pregunta que incomoda: ¿tiene sentido la existencia humana o vivimos envueltos en una niebla permanente de incertidumbre?

Unamuno no ofrece respuestas tranquilizadoras. En el prólogo de la obra declara abiertamente su rechazo a la claridad y la distinción propias del pensamiento clásico, optando en cambio por “indefinir” y “confundir”. Esta decisión no es un capricho estilístico: es una declaración de guerra contra quienes creen tener certezas sobre la vida, la identidad o el destino. Para Augusto, y para el lector que lo acompaña, no hay salida fácil de esa bruma.

El amor aparece como el único motor capaz de sacudir esa indiferencia. La célebre frase de Augusto, “Amo, ergo sum”, desplaza al mismísimo Descartes y coloca el sentimiento amoroso, no la razón, como fundamento de la existencia. Pero incluso ese amor resulta ser una trampa:

Augusto no ama a la Eugenia real, sino a una versión imaginada que él mismo construyó. Unamuno sugiere así que buena parte de lo que llamamos amor, religión o vida en sociedad no son más que ficciones colectivas que aceptamos sin cuestionar.

La novela avanza entre metáforas incómodas, como la partida de ajedrez que Augusto disputa con su amigo Víctor Goti, símbolo de una existencia regida por reglas que nadie eligió pero que todos obedecen. A esto se suma el aburrimiento, presentado como el trasfondo constante de la vida humana, apenas disimulado por pasiones momentáneas. Ni siquiera la muerte de la madre de Augusto, ni el vacío que deja, logran escapar de esa niebla que todo lo envuelve.

El momento más perturbador llega cuando Augusto decide visitar al propio Unamuno, quien le confiesa una verdad devastadora: es solo un personaje de ficción. Ese giro metaliterario no se queda en un juego narrativo ingenioso; empuja al lector a una pregunta incómoda sobre su propia condición. Si un personaje puede dudar de su existencia al enfrentarse a su creador, ¿qué garantía tenemos nosotros de no estar atrapados en un guion que tampoco escribimos?

Más de cien años después, Niebla sigue funcionando como un espejo incómodo. Unamuno no buscó consolar a sus lectores ni cerrar el debate sobre el sentido de la vida, la libertad o la identidad; buscó, deliberadamente, dejarlos perdidos en la misma niebla que atormenta a su protagonista. Y quizás esa sea la verdadera provocación del libro: obligarnos a admitir que, más de un siglo después, seguimos sin poder responder con certeza a la pregunta que Augusto Pérez se hizo primero.

@_Melchisedech

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