Antares Cervantes
Hay palabras que parecen haber sido inventadas para describir perfectamente una época. Una de ellas es ufano: alguien que se muestra orgulloso, satisfecho o presumido de aquello que posee, hace o representa.
Y basta abrir cualquier red social para encontrarnos con el fenómeno.
El desayuno fotografiado desde el ángulo perfecto, la ropa de marca cuidadosamente exhibida, el automóvil recién lavado, la casa convertida en escenario, la oficina donde se trabaja, el restaurante de moda, el hotel de vacaciones y, por supuesto, la pareja: “mi amor”, “mi persona favorita”, “el amor de mi vida”. Todo merece una fotografía, una historia y, si es posible, cientos de reacciones.
No necesariamente hay algo malo en compartir un momento feliz. El problema comienza cuando vivir deja de ser suficiente y necesitamos demostrar que estamos viviendo bien.

Lo ufano no siempre presume dinero. También presume contactos, lugares, títulos, amistades, relaciones, cuerpos, experiencias y hasta felicidad. Hay quien publica lo que come; otro, dónde trabaja. Uno presume sus vacaciones y otro necesita demostrar que su matrimonio es perfecto. En el fondo, todos pueden estar buscando lo mismo: reconocimiento.
Las redes sociales crearon una especie de escaparate permanente donde cada usuario decide qué parte de su vida exhibir. Y, curiosamente, casi siempre elegimos la mejor.
Nadie publica la cuenta del restaurante con la misma emoción con la que presume el platillo. Nadie fotografía la discusión antes de subir la imagen romántica. Nadie presume las preocupaciones mientras presume las vacaciones. La vida real tiene contradicciones; las redes, filtros.
Quizá por eso conviene recordar que una fotografía no es una biografía.
Ser ufano tampoco significa necesariamente ser una mala persona. Puede ser simplemente una necesidad humana de sentirse valorado. El peligro aparece cuando la comparación se convierte en costumbre: mirar lo que otros tienen y sentir que nuestra propia vida vale menos.
Tal vez deberíamos recuperar el placer de hacer cosas que no necesitan testigos. Comer algo delicioso sin fotografiarlo. Viajar sin transmitir cada minuto. Vestirse bien porque nos gusta, no porque necesitamos aprobación. Amar sin convertir la relación en una competencia pública.

Porque al final, la vida más valiosa no siempre es la que más se publica.
Y quizá la verdadera elegancia consista precisamente en eso: tener mucho que presumir y no necesitar hacerlo todo el tiempo.
En tiempos donde todos quieren demostrar que son felices, quizá la mayor libertad sea simplemente serlo.


