Antares Cervantes
México amaneció este lunes con una de esas noticias que sacuden más allá de la estadística, un hombre armado de nombre Julio César “N” y al parecer de origen guerrerense, subió a la Pirámide de la Luna, en la zona arqueológica de Teotihuacán, disparó contra turistas y dejó un saldo de dos muertos, entre ellos una canadiense; y al menos doce heridos, varios de ellos extranjeros. El agresor terminó suicidándose. El horror ocurrió en uno de los símbolos más reconocibles del país ante el mundo, el lugar donde México presume historia, patrimonio y turismo.
No fue una balacera en una brecha perdida, ni en una casa de seguridad, ni en un enfrentamiento entre grupos criminales en la madrugada. Fue en pleno día, frente a visitantes, cámaras y familias, en uno de los sitios arqueológicos más importantes de América Latina.
Testigos relataron escenas de pánico, turistas huyendo entre disparos y personas heridas por arma de fuego o por caídas durante la estampida. Se habla incluso de entre 20 y 30 detonaciones.
El problema no es solamente el acto criminal. El verdadero problema es lo que revela, que la violencia en México ya no distingue espacios. Ha entrado a plazas, carreteras, bares, iglesias, playas, escuelas, centros turísticos y ahora también a las pirámides. La inseguridad dejó de ser una excepción geográfica para convertirse en una atmósfera nacional.
Es cierto que las cifras oficiales muestran una reducción en homicidios. México cerró 2025 con aproximadamente 20 mil 674 asesinatos, por debajo de los 26 mil 700 registrados en 2024. Además, en el primer semestre de 2025 se contabilizaron 14 mil 488 homicidios, una caída anual de 11.1%. También se reporta que el promedio diario de asesinatos cayó a poco más de 50 víctimas al día, el nivel más bajo en una década.
Pero las cifras frías no alcanzan para construir percepción de seguridad. Porque, aunque haya menos homicidios que hace dos o tres años, México sigue registrando decenas de asesinatos cada día y tres de cada cuatro homicidios siguen ocurriendo con armas de fuego. La violencia puede bajar en los informes, pero sigue siendo visible en la vida cotidiana.
Y ahí está el golpe político más duro, México será sede de la 2026 FIFA World Cup. En pocas semanas comenzará la cuenta regresiva final para que millones de visitantes internacionales pongan sus ojos en el país.

¿Qué imagen proyecta una nación donde una turista canadiense puede morir baleada en un sitio arqueológico icónico? ¿Cómo convencer al mundo de que habrá condiciones de seguridad en estadios, aeropuertos, carreteras y zonas turísticas si ni siquiera un lugar como Teotihuacán pudo garantizar protección elemental?
El gobierno puede presumir porcentajes, reducciones, promedios diarios y decomisos. Puede insistir en que los homicidios van a la baja. Y probablemente tenga razón en los números. Pero la seguridad no se mide sólo en tablas estadísticas, se mide en la confianza de la gente para salir, viajar, visitar un museo, caminar una plaza o subir una pirámide sin miedo.
Hoy, en Teotihuacán, no cayó únicamente una turista extranjera. Cayó también otro pedazo del discurso oficial de que México está recuperando la tranquilidad.


