Antares Cervantes
Existe una costumbre cada vez más visible en la vida pública, después de un informe de gobierno llegan las fotografías, los abrazos y las felicitaciones. Funcionarios que celebran a alcaldes, legisladores que reconocen a gobernadores y servidores públicos que convierten el cumplimiento de una responsabilidad institucional en motivo de aplauso y reconocimiento.
La cortesía es una cosa. La zalamería política es otra.
Porque rendir cuentas no es una hazaña extraordinaria, ni un acto de generosidad hacia los ciudadanos. Es parte de la responsabilidad de ocupar un cargo público. La propia normativa federal establece que quienes ejercen funciones públicas deben informar, explicar y justificar sus decisiones y someterse al escrutinio ciudadano.
Por eso resulta cuando menos peculiar convertir una obligación en motivo de ovación.

El problema no está en reconocer un resultado concreto. El problema aparece cuando la fotografía sustituye al análisis; cuando la felicitación ocupa el espacio que debería corresponder a la evaluación; cuando un informe se convierte en escenario para el aplauso mutuo y no en un ejercicio serio para revisar qué se hizo, cuánto costó, qué funcionó y qué sigue pendiente.
La ciudadanía ya conoce esa liturgia, discursos llenos de logros, cifras cuidadosamente seleccionadas, inauguraciones, programas y avances. Lo verdaderamente importante suele quedar en otra página: los pendientes, los retrasos, las deficiencias, las observaciones y aquello que no salió como estaba previsto.
La rendición de cuentas exige precisamente lo contrario. Los lineamientos federales establecen que la información debe contar con soportes documentales y utilizar indicadores verificables y comprobables.
Por eso la zalamería política termina siendo contraproducente. El ciudadano no es ingenuo. Percibe cuando quienes deberían vigilar, cuestionar o evaluar terminan felicitándose entre ellos.
Y quizá ahí está una de las peores deformaciones de nuestra política, hemos llegado a celebrar que un funcionario cumpla con aquello para lo que fue elegido, designado y pagado.

Gobernar no necesita porras. Necesita resultados.
Un informe no debería producir una colección de fotografías de felicitación, sino ciudadanos con más información para juzgar la gestión pública.
Porque cuando la política comienza a aplaudirse demasiado a sí misma, suele dejar de escuchar a quienes están afuera de la fotografía.


