Metal Político / La normalización del desastre

Metal Político / La normalización del desastre

Antares Cervantes

Antes, el desastre era excepción. Hoy, es rutina. Las lluvias que colapsan ciudades, la violencia que llena titulares, el costo de vida que asfixia, todo ocurre con una frecuencia que ya no sorprende. Lo verdaderamente alarmante no es solo lo que pasa, sino cómo hemos aprendido a vivir con ello.

En Pachuca, como en muchas otras ciudades del país, basta una tormenta intensa para paralizar la vida cotidiana. Calles inundadas, drenajes rebasados, viviendas afectadas. La escena se repite en Mineral de la Reforma, en Tulancingo y en múltiples puntos del país. Y sin embargo, ya no indigna como antes. Se documenta, se comenta y se asume.

Lo mismo ocurre con la violencia. Cifras que en otro tiempo habrían provocado crisis políticas hoy se diluyen entre la saturación informativa. La economía no es distinta: aumentos graduales, constantes, que golpean el bolsillo pero no generan estallidos. Todo duele, pero nada detona.

Nos acostumbramos, y ese es el verdadero problema. La normalización del desastre no es casualidad, es resultado de una combinación peligrosa, gobiernos que reaccionan en lugar de prevenir, discursos que minimizan la gravedad y una sociedad que, agotada, opta por adaptarse. Porque exigir implica desgaste. Porque indignarse todos los días es insostenible.

Entonces bajamos la expectativa. Aceptamos que la ciudad se inunde. Que la inseguridad persista. Que los servicios fallen. Que el costo de vivir aumente. Y en ese proceso, lo inaceptable se vuelve cotidiano.

Pero hay una consecuencia silenciosa. Cuando todo se normaliza, también se diluye la responsabilidad. Ya no hay urgencia, no hay presión, no hay costo político real. El desastre deja de ser crisis y se convierte en paisaje.

UNA TORMENTA, COMO LA DEL VIERNES, PARALIZA CIUDADAES.

Y eso es más peligroso que cualquier tormenta. Porque mientras la ciudadanía se adapta, el sistema se acomoda. No hay incentivos para cambiar lo que, aparentemente, funciona, aunque funcione mal.

El riesgo no es solo que sigan ocurriendo estos eventos, el riesgo es que dejemos de cuestionarlos, que dejemos de exigir ciudades preparadas, gobiernos eficientes, políticas públicas que anticipen en lugar de improvisar. Que aceptemos vivir en modo contingencia permanente.

Antes, el desastre interrumpía la normalidad. Hoy, la normalidad es el desastre. Y mientras no rompamos esa lógica, cada lluvia, cada crisis, cada falla, seguirá siendo solo una más.

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