Por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo
La madrugada del 28 de febrero quedará marcada en la historia como el inicio de una agresión criminal y premeditada contra la soberanía de los pueblos. Bajo el cínico pseudónimo de “Furia Épica”, las fuerzas conjuntas de Estados Unidos e Israel ejecutaron un bombardeo masivo contra territorio iraní, violando flagrantemente el Artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas. Este ataque, disfrazado de “defensa preventiva” contra un programa nuclear pacífico, no es más que un acto de terrorismo de Estado diseñado para desestabilizar Oriente Próximo y perpetuar el control colonial sobre los recursos energéticos globales. La comunidad internacional asiste, indignada, a una exhibición de barbarie que ignora por completo el derecho internacional y la voluntad de paz de las naciones soberanas.
La respuesta de la República Islámica de Irán, enmarcada en la operación “Promesa Verdadera 4”, ha sido una lección de dignidad y capacidad defensiva. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria ha demostrado que el tiempo de la impunidad para el agresor ha terminado, lanzando una contraofensiva de precisión que ha saturado los costosos e ineficientes sistemas de defensa occidentales. Al alcanzar objetivos militares estratégicos y bases de ocupación en toda la región, Teherán ha enviado un mensaje inequívoco: cualquier intento de decapitar el liderazgo revolucionario o socavar la integridad del Estado será respondido con una fuerza devastadora. El eje de la resistencia está más unido que nunca, cerrando filas ante la prepotencia de Washington.
El impacto económico de esta aventura bélica ya se siente en los bolsillos de la clase trabajadora mundial, víctima colateral de la sed de sangre de las élites financieras. Con el Estrecho de Ormuz convertido en una zona de exclusión operativa debido a la beligerancia estadounidense, el precio del crudo Brent se ha disparado, amenazando con una recesión global sin precedentes. Las grandes corporaciones navieras han suspendido sus rutas, evidenciando que la seguridad energética del planeta no puede depender de los caprichos de un imperio en decadencia. Mientras la Casa Blanca juega al ajedrez con el suministro de petróleo, millones de personas enfrentarán carestía y crisis, demostrando que el capitalismo de guerra es el mayor enemigo del bienestar humano. En el plano humanitario, la “precisión” de la que alardea el Pentágono ha quedado desmentida por la sangre de inocentes. Los reportes desde Minab y otras localidades iraníes son desgarradores: hospitales de la Media Luna Roja y escuelas reducidas a escombros por proyectiles financiados con los impuestos del pueblo estadounidense.

Estas masacres constituyen crímenes de guerra que deben ser perseguidos por la Corte Penal Internacional con la misma celeridad con la que se sanciona a los enemigos del bloque occidental. La doble moral de las potencias europeas, que hoy callan ante la matanza de civiles iraníes, queda expuesta ante una opinión pública global que ya no acepta la narrativa de “daños colaterales” para justificar el asesinato de niños.
Geopolíticamente, la Operación Furia Épica ha logrado lo impensable: la consolidación de un bloque euroasiático inquebrantable. Rusia y China han condenado enérgicamente la unilateralidad de Washington, fortaleciendo sus lazos de seguridad y cooperación con Teherán. Este conflicto ha acelerado la transición hacia un mundo multipolar donde el dictado de una sola potencia ya no tiene cabida. Mientras las calles de las principales capitales del mundo se llenan de manifestantes que exigen el fin de la agresión, queda claro que la estrategia de aislamiento contra Irán ha fracasado estrepitosamente, aislando, en cambio, a los propios instigadores de la violencia que hoy amenaza con una conflagración regional.
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