Quien controla el maíz, controla el país: la herencia neoliberal que dejó a México dependiendo de importaciones

Quien controla el maíz

Por Melchisedech D. Angulo

Las guerras del futuro no se librarán solo por petróleo ni por territorio: se librarán por el agua, los fertilizantes y las cadenas que llevan el alimento a la mesa. Así lo documentan informes de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), y la investigación de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), que describen un desplazamiento de la disputa global desde los hidrocarburos hacia los insumos que sostienen la vida.

Para el investigador Rubio Vega, del Instituto de Investigaciones Sociales, el control de los alimentos es hoy “una nueva arma en la lucha por la hegemonía global”. México, advierten los especialistas, no puede mirar esa disputa desde la banca.

El agua es el punto de partida. Según la FAO, la agricultura consume cerca del 72% del agua dulce que se extrae en el mundo, y la Red del Agua UNAM calcula que alrededor del 70% se destina a producir alimentos. En México, académicos universitarios señalan que el modelo agroexportador, centrado en aguacate, berries y hortalizas para otros mercados, se consolidó sin regulaciones suficientes sobre el uso del recurso. El resultado es una transferencia de agua virtual hacia los países compradores, sin una compensación equivalente en seguridad alimentaria interna.

Los fertilizantes son la segunda pieza. La FAO documentó que sus precios mundiales subieron por encima del 70% entre 2021 y 2022, por las restricciones a las exportaciones de Rusia y Bielorrusia. México depende de importaciones de fertilizantes nitrogenados y potásicos, lo que expone al campo a conflictos lejanos, como los de Medio Oriente.

En ese contexto, el programa de fertilizantes gratuitos para pequeños productores, iniciado en 2019, adquiere una dimensión estratégica: arrancó con 278,000 productores en Guerrero, hasta tres hectáreas cada uno, con 1,500 millones de pesos del presupuesto federal y la logística de Pemex en coordinación con la Secretaría de Agricultura.

Las cifras de la dependencia alimentaria explican la urgencia. Los granos y oleaginosas de producción nacional cubren apenas el 44% del consumo interno, y solo se produce el 41% del maíz que se consume, cuando la FAO recomienda entre 70 y 75% de autosuficiencia. Más del 90% del maíz importado viene de Estados Unidos. Es la paradoja de ser a la vez centro de origen del cultivo y su principal importador mundial.

¿Cómo se llegó hasta ahí? La tesis de maestría de Gómez Godínez, que compara las políticas de México y Brasil, lo atribuye a las reformas de los años ochenta y noventa, que priorizaron la apertura comercial sobre la construcción de capacidades productivas internas. Mientras Brasil apostó por la agricultura familiar, México optó por insertarse en las cadenas globales de valor. A ello se sumó la financiarización de los alimentos: mercados de futuros dominados por actores ajenos a la producción, que, según Rubio Vega, trasladan su volatilidad a los países importadores.

El panorama no es cerrado. Las potencias ya actúan con estrategia: China, con el 8% de las tierras cultivables del planeta, asegura producción en el exterior, como muestra la tesis de García Tello sobre Argentina.

Para México, los especialistas proponen tres rutas: relocalizar la producción de fertilizantes nitrogenados aprovechando la infraestructura petroquímica y el gas natural; invertir en riego tecnificado y fertirrigación; y diversificar proveedores mientras se fortalece la producción nacional de maíz y frijol. La revisión del T-MEC, con el agua del río Bravo y el maíz transgénico sobre la mesa, vuelve esa tarea más apremiante. La soberanía alimentaria, concluyen los académicos, es hoy un asunto de seguridad nacional.

@_Melchisedech

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