Antares Cervantes
Cristiano Ronaldo llegó a Qatar 2022 con una historia difícil de discutir, máximo goleador histórico de la selección portuguesa y, para millones de aficionados, uno de los futbolistas más grandes de todos los tiempos. Pero aquella Copa del Mundo dejó una lección que va mucho más allá del futbol.
Portugal terminó eliminada por Marruecos 1-0 en cuartos de final. Ronaldo comenzó aquel partido en la banca y entró al minuto 51. Portugal tuvo oportunidades, pero no encontró el gol.
Con el paso del tiempo se construyó una narrativa según la cual sus compañeros lo habrían traicionado por egoísmo o envidia. Eso no puede afirmarse como un hecho comprobado. Lo que sí está documentado es que existieron tensiones alrededor de su papel en el equipo y que el técnico Fernando Santos decidió dejarlo fuera del once inicial ante Suiza, después de una polémica por su sustitución frente a Corea del Sur.

Y ahí está lo verdaderamente interesante. Cuando un equipo empieza a competir internamente contra sus propios integrantes, deja de perseguir un objetivo común. El talento individual puede ganar partidos; la coordinación gana campeonatos.
La historia está llena de organizaciones, empresas, gobiernos y sociedades que se debilitan no por falta de talento, sino porque alguien prefiere que otro fracase antes que reconocer su capacidad.
La envidia es particularmente destructiva porque no siempre se presenta como odio. Puede disfrazarse de crítica, de protagonismo, de burocracia, de pequeñas zancadillas o de esa necesidad absurda de demostrar que nadie debe sobresalir demasiado.
México conoce perfectamente esa enfermedad. En la política, en instituciones, empresas e incluso entre ciudadanos, todavía existe la costumbre de interpretar el éxito ajeno como una amenaza. En lugar de sumar capacidades, aparecen grupos, intereses y egos que convierten el trabajo colectivo en una disputa por quién se lleva el aplauso. Pero una nación no funciona como una guerra de egos.

Portugal no perdió contra Marruecos porque exista evidencia de que sus jugadores quisieran perder por envidia. Perdió porque el futbol tiene una verdad implacable, ningún nombre, por grande que sea, gana solo; y ningún vestidor dividido puede multiplicar su talento.
Hay una gran lección de vida que permanece. Cuando la envidia entra al equipo, el resultado deja de ser colectivo. Y cuando una sociedad prefiere destruir al que destaca antes que aprovechar su talento, termina derrotándose a sí misma. Porque el verdadero enemigo nunca fue el compañero que brillaba. Fue no saber jugar juntos.


