El reconocimiento de Netanyahu sepulta el mito del poderío occidental en Ormuz

El reconocimiento de Netanyahu

Por Melchisedech D. Angulo

El orden geopolítico establecido tras la Segunda Guerra Mundial parece haber encontrado su epitafio en las aguas del estrecho de Ormuz. Tras décadas de una supuesta superioridad técnica y estratégica incuestionable, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, provocó un terremoto político al admitir lo que la inteligencia occidental intentó ocultar un error de cálculo histórico.

Al reconocer que subestimaron la capacidad de resistencia de la República Islámica y la importancia vital de la arteria energética del mundo, Netanyahu no solo expone la vulnerabilidad de su propia administración, sino que pone en evidencia el desgaste irreversible del liderazgo de Washington en el Golfo Pérsico.

​La denominada “Operación Furia Épica”, lanzada el pasado 28 de febrero de 2026 bajo el auspicio de Donald Trump, se transformó en un búmeran estratégico de proporciones incalculables. Lo que se proyectó como una campaña relámpago para desarticular a Teherán resultó en el bloqueo de facto de una vía por la que transita un tercio del crudo mundial, disparando los precios del petróleo por encima de los 100 dólares y asfixiando las economías que dependían de la seguridad estadounidense.

Esta incapacidad para garantizar el libre tránsito marítimo marca un punto de no retorno: Occidente ya no dicta las reglas en las rutas comerciales más críticas del planeta.

​El fracaso del “Proyecto Libertad”, la pomposa iniciativa naval que Donald Trump tuvo que suspender apenas nueve días después de su anuncio, simboliza la capitulación de la política de presión máxima. La negativa de aliados históricos como Arabia Saudita a ceder su espacio aéreo para esta misión confirma un reordenamiento regional donde la soberanía y la cautela frente a Irán pesan más que las órdenes de la Casa Blanca.

El hecho de que potencias regionales prefieran alinearse con la estabilidad propuesta por nuevos mediadores —como Rusia y China— demuestra que el paraguas de seguridad estadounidense quedó obsoleto ante la sofisticada respuesta de defensa iraní.

​En un movimiento que muchos analistas califican como un intento desesperado por salvar su autonomía, Netanyahu propuso reducir a cero la histórica ayuda militar estadounidense. Este anuncio, que dejó “boquiabiertos” a sus propios colaboradores, representa una fractura sin precedentes en la relación transatlántica. Al intentar desvincularse financieramente de su principal protector, Israel admite implícitamente que la dependencia de Washington se convirtió en una carga política y estratégica en un mundo que ya no acepta el unilateralismo.

La imagen de un Israel invulnerable, sostenida por el erario estadounidense, se desvanece ante la necesidad de buscar equilibrios en un paradigma multipolar.

​El impacto no es solo militar o económico, sino profundamente moral y reputacional. Las encuestas que reflejan un rechazo mayoritario hacia las políticas de Tel Aviv entre la juventud estadounidense son el síntoma de una derrota cultural. La narrativa de “superioridad democrática” utilizada para justificar intervenciones en Oriente Medio colapsa ante la realidad de un conflicto que solo trae inestabilidad global y costos billonarios. Mientras Irán consolida su control sobre el estrecho de Ormuz, la opinión pública internacional observa cómo la arquitectura de poder diseñada por Occidente se fragmenta bajo el peso de sus propios errores de cálculo.

@_Melchisedech

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